viernes, 23 de marzo de 2012

CAPERUCITA ROJA CONTRA EL BORRACHO

Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la muchachita la llevaba tan a menudo que todo el mundo la llamaba Caperucita Roja.
 Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado de la ciudad, recomendándole que no se entretuviese en las tiendas de ropa por el camino, pues comprar ropa le encantaba, ya que siempre andaba acechando por allí el borracho de la ciudad.
 Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar la cuidad para llegar a casa de la Abuelita, pero cogió un poco de dinero y se fue con el autobús. Cuando se bajo del autobús vio al borracho de la ciudad.
 - ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el borracho trabándosele la lengua.
- A casa de mi Abuelita- le dijo Caperucita.
- No está lejos- pensó el borracho para sí, dándose media vuelta.
 Caperucita puso su cesta en el suelo y se entretuvo comprando ropa: - El borracho se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso jersey de lana, además de los pasteles.
 Mientras tanto, el borracho se fue a casa de la Abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un policía que pasaba por allí había observado la llegada del borracho.
  El borracho emborracho a la Abuelita y la escondió en el armario cuando se durmió. Se puso el gorro rosa de la desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó enseguida, toda contenta.
La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada.
- Abuelita, abuelita, ¿llevas lentillas?
- Sí, son para verte mejor- dijo el borracho tratando de imitar la voz de la abuela.
- Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más suaves tienes!
- Sí, esque me doy mucha crema- siguió diciendo el borracho.
- Abuelita, abuelita, ¡ una botella de vino ahí!
- Es para...¡ emborracharte mejoooor!- y diciendo esto, el borracho  malvado se abalanzó sobre la niñita y la emborrachó, lo mismo que había hecho con la abuelita.
Mientras tanto, el policía se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del borracho, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a un guardia civil y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al borracho tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.
  El policía sacó su pistola y despertó al borracho. Le preguntaron que donde estaban la abuelita y caperucita.
Les dijo que en el armario ya no borrachas porque se habían tomado unas pastillas que les dio el borracho cuando estaban dormidas.
  Para castigar al borracho malo, el policía lo durmió y le abrió el vientre y se lo llenó de todos las cosas que la abuela no quería. Despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a una fuente próxima para beber. Como las cosas pesaban mucho, cayó en la fuente de cabeza y se ahogó.     
En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su Abuelita y de su Mamá.
FIN

sábado, 18 de febrero de 2012

Vídeo de Gustavo Adolfo Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer

Gustavo Adolfo BécquerNació el 17 de febrero de 1836 en Sevilla.Era hijo de Joaquina Bastida de Bargas y del pintor José Domínguez Bécquer. Fue bautizado en la parroquia de San Lorenzo Mártir, con el nombre de Gustavo Adolfo, siendo su apellido original Domínguez Bastida. Tenía un hermano mayor, Valeriano, ambos huérfanos a muy temprana edad. Fueron adoptados por su tío, Juan de Vargas.

A los diez años, Gustavo Adolfo comenzó la carrera de náutica, en el colegio de San Telmo, en Sevilla. Sin embargo, su vocación se frustró, cuando el colegio cerró sus puertas. Fue a vivir, entonces, con su madrina, Manuela Monahay, y bajo su cuidado estudió pintura y latín.
En 1854, marchó a Madrid junto a su hermano. Allí colaboró en varias publicaciones periodísticas, fundando con unos amigos, la revista “España Artística”. Sin embargo su estadía no fue grata. Los graves problemas económicos y de salud (se le declaró hemoptisis), comenzaban a debilitarlo.
Fue con Casta, hija de su médico, Francisco Esteban, con quien Bécquer se casó en 1861, y con quien tuvo sus tres hijos. Sin embargo, el último de ellos fue fuente de conflictos matrimoniales, ya que Gustavo lo atribuía al fruto de un amor prohibido de su esposa.
Se destacan entre sus obras: “El libro de los gorriones”, “Historia de los templos de España” (1857), “Cartas literarias a una mujer” (1860-1861), “Cartas desde mi celda” (1864), “Obras completas” (1871).
Entre sus leyendas: “El caudillo de las manos rojas” (1858), “La cruz del diablo” (1860, “La ajorca de oro” (1861), “El beso” (1863), “La rosa de pasión” (1864), entre otras.